Un paraíso oculto detrás de la verja de los jabalíes
El Palacio de Moratalla de Hornachuelos abrirá como hotel de cinco estrellas en otoño Su restauración está muy avanzada.
El Palacio de Moratalla, ese tesoro de Hornachuelos oculto tras una gran verja con un escudo de armas y custodiado por dos jabalíes, mostrará dentro de poco todos sus encantos convertido en un lujoso hotel de cinco estrellas. El edificio, propiedad del duque de Segorbe desde hace dos décadas, engrosará en otoño la lista de inmuebles con encanto que la empresa Hoteles, Casas y Palacios de España tiene en todo el país. Muchos podrán entonces cumplir ese deseo que surge cuando se divisa desde la carretera de Palma y que hasta ahora era un sueño imposible.
En época musulmana, en la finca estuvo el castillo de Murad, de donde viene el nombre de Moratalla y sobre el que se alzó el inmueble que se fue agrandando con el tiempo. Pasó de mano en mano hasta que cayó en las del marquesado de Viana a finales del XIX. Fue la época en la que inició su fulgor, acogiendo a la realeza y a otras personalidades del momento. Fue residencia temporal de los reyes Alfonso XII y Alfonso XIII cuando venían a las monterías que organizaba el marqués de Viana en la rica sierra de Hornachuelos. Múltiples fotos –expuestas en junio en Cajasur– lo atestiguan. En ellas aparece Alfonso XIII en monterías y en las competiciones de polo que allí se organizaban. También, la reina Victoria Eugenia y hasta Primo de Rivera.
Pronto mostrará su intimidad a todo aquel que pueda permitirse alojarse en una de sus lujosas 19 habitaciones dobles, tres junior suite o suite. Dispondrá de restaurante, piano-bar, salas de estar y biblioteca, sala de juegos, salones para banquetes, presentaciones y eventos y salas de reuniones de empresa. Como servicios complementarios, tendrá, entre otras cosas, piscina.
Cuando eso ocurra, lo que el visitante no podrá borrar de su memoria serán las 20 hectáreas de jardines versallescos, que en 1983 fueron declarados de Interés Histórico Artístico. Tras sufrir distintas transformaciones, el paisajista francés Forestier volcó en 1918 su ingenio en este oasis inabarcable acariciado por el Bembézar. Este artista diseñó el parque sevillano de María Luisa.
Mitad bosque, mitad jardín, es la sorpresa que aguarda tras la reja palaciega. Nadie puede imaginar que lo que a simple vista es un vergel se acaba convirtiendo en realidad en un paraíso insondable. Laberintos de vegetación con formas caprichosas salpicadas por el color de las flores y fuentes por doquier con figuras mitológicas esperan que alguien se acerque para seducirlo y que acabe en uno de los múltiples rincones que invitan a la soledad o al romanticismo. En lugares estratégicos hay bancos y sillones que esperan que alguien los utilice para reflexionar o, simplemente, sumergirse en los sonidos de la naturaleza.
Perderse
El futuro director del hotel, Francisco José Mulero, reconoce lo difícil que es deambular entre tanta vegetación, sobre todo si te adentras por uno de esos caminos que te acercan al Bembézar, donde se restaurará un pequeño embarcadero. La idea es aprovechar la cercanía del río, y del embalse Retortillo, y ofrecer, entre otras actividades acuáticas, paseos en barca. También se recuperarán las cuadras del palacio que un día albergó la primera yeguada militar. Así, se podrán realizar paseos a caballo. Con empresas de la zona se concertarán actividades diversas como vuelo con y sin motor e incluso cacerías y monterías. Otra idea que expuso es que el jardín esté abierto no solo a los alojados, sino también a otros visitantes, para propagar su belleza y su riqueza botánica.
A un lado del jardín que, gracias a sus sombras, escapa a las altas temperaturas veraniegas, hay otro cuerpo que se utilizará en una futura ampliación. Se trata, según Mulero, de la antigua casa de telégrafos. En este caso, una futura restauración también deberá respetar la fachada. En otro rincón, y desgajado también del inmueble principal, hay otro llamativo edificio con porte similar al palacio, que será la suite especial, con dos dormitorios, salón, baño y un jardín de rosaleda delante y otro inglés detrás. Impresiona también la pequeña capilla con espadaña de dos arcos con campanas que se restaurará más adelante. Y entre flores y árboles, vestigios del pasado, restos de otro tiempo. Hay que tener en cuenta que el palacio siempre ha tenido edificaciones de distintas épocas destinadas a servicios agrícolas y ganaderos.
Entre los lugares bañados por el agua, se encuentra la fuente más conocida, la más próxima a la fachada principal. En lo más recóndito, está la fuente de Doña Leonor, que brinda al visitante la magia de las cascadas. No menos llamativa es la del ciervo, figura que parece que vigila atentamente desde lo alto de una montaña, a cuyos pies surge un estanque de agua con peces de colores. En su entorno se repiten caídas de agua.
A este espacio único en la provincia se accederá con unos coches eléctricos “para ser respetuosos con los jardines”, según explica Mulero, con lo que los clientes dejarán su vehículo en un aparcamiento que se habilitará junto a la estación, al igual que hacían sus antiguos moradores, que llegaban a la estación de Hornachuelos y se encontraban enfrente esta maravilla. Para ello, se habilitará un vial para que suban los coches.
El palacio tiene un cuerpo central de tres plantas y dos laterales de dos pisos que terminan en torre mirador. Si por fuera enamora, por dentro tampoco defrauda, a pesar de que ahora sus estancias aparecen desnudas, ya que aún falta por instalar el mobiliario que las dotará de personalidad propia. Dentro hay acogedores salones, donde se combinarán banquetes, copas y baile.
Fuente/diariocordoba.com